“Son un valor fijo”, “no decepcionan nunca”, “por esto venimos siempre a verlos”: los elogios al finalizar el concierto de Ray Collins Hot Club fueron unánimes, los alemanes habían vuelto a poner patas arriba a su público. En esta ocasión fue en la sala Copérnico, el mismo lugar donde estuvieron anunciados hace poco más de un año y el covid obligó a cancelar. Más de 12 meses después centenares de rockeros asistieron a la cita con una formación que, en esta ocasión, constó de 7 músicos. Un par de ausencias los vientos que no empañó un rotundo éxito.

En su discurso la presencia escénica es fundamental: lucen elegantes chaquetas y salir repeinados parece obligatorio. ¿Las únicas gafas posibles? de pasta. ¿Vello facial? bigote extrafino o excesivo, sin medianías. ¿Setlist impreso? Para qué, sin tocan de memoria.

Se consideran una banda de rock and roll, pero en cada disco ensayan un estilo hacia el que se escoran sin temor: blues, garaje, big band, R&B… En directo la coctelera funciona de forma explosiva, y rockers, lindy hoppers o bluseros se rinden ante las virtudes del combo. Menos metales y el mayor protagonismo del saxo alto Doc Puky hizo que al inicio la vertiente garajera fluyera por todos los rincones. Que al poco de empezar el saxofonista ya estuviera sin chaqueta nos indicó que gastaría energía sin medida, hasta con varios paseos entre los asistentes. El carismático bigotón también dejó algún boogie para los anales con soberbia exhibición -nivel: vena en la frente a punto de explotar- de un sentimiento punk surgido mucho antes de los 70. Imposible no saltar con el grindcore de la época.

Su música es extremadamente predecible en el buen sentido. Esto es porque emplean patrones clásicos -más que clásicos, inmortales- de los diferentes estilos que practican y la ejecución es magistral. Los buenos músicos no sólamente interpretan, también te hacen saber por qué parte de la canción estás, delimitan los breaks, señalizan los solos y marcan conclusivos finales.

Además de la voz, guitarra acústica y algún aporte ocasional al fiscorno del líder -cuyo verdadero nombre es Andreas Kollenbroich– la formación se completó con teclados, contrabajo, guitarra, batería, teclados, y dos vientos. Es de destacar cómo el baterista conjuga una simplicidad absoluta con el empuje de una locomotora, una sala de máquinas perfecta para la locura saxofónica que se vivió también con un saxo bajo en estado de gracia.

Dejaron para el final sus temas más conocidos, ‘Chicken 4 2’, con maracas, guitarra respondiendo a la voz y detalles de Link Wray, ‘Barefoot’ con Ray secándose el sudor mientras toda la sala bailaba, el recio groove de ‘High Life’ o la “canción estándar de despedida” ‘Bye, bye Paris’, un himno más para la ciudad de la luz. Cuando todo parecía acabado un ‘Knockout Boogie’ reavivó el delirio del público.

Lo hicieron de nuevo. Volvieron a encender a cientos de personas como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Son una banda de directo, un tópico que cuando se cumple convierte cada cita en un compromiso ineludible, una apuesta por la elegancia jazz, la soltura rock y el sentimiento blues.


Texto y fotos: Rafael Mozún
Contenido cortesía de www.musicopolis.es

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