Texto de Natalia Alfageme y Victoria Muniesa, Swing en Meco.–

Hace algo más de un año que comenzó el que sin duda es unos de los proyectos más apasionantes que he vivido.

Todo empezó un día cualquiera, cuando mi mejor amiga de la infancia nos contaba sus aventuras de las mujeres con las que trabajaba en un centro penitenciario. Y de repente, me miró y me dijo: “¿y por qué no venís a bailar a la cárcel?” 

Dicho y hecho. Fue todo tan fácil que todavía aún me cuesta creerlo.

Me reuní con MAD For Swing y llevé mi propuesta a asamblea. La mayoría de las personas allí presentes parecían entusiasmadas con la idea y a muchos y muchas directamente les fascinó.

De entre todo lo vivido en este año de “swing en Meco”, recuerdo la primera reunión que tuvimos entre los bailarines, un grupo bastante grande. Se respiraba un ambiente de entusiasmo, curiosidad y alegría, no paraban de llover ideas, propuestas y todos compartimos por qué estábamos allí. Hubo un momento en el que pude tomar distancia… pensar en que era consciente de que auguraba un proyecto intenso, enérgico, lleno de emociones en el que aquellas personas entrarían a formar parte de mi vida.

Cuando me tocó mi turno dije: “yo estoy aquí por mí, no por ellas. Todo lo que una da le viene de vuelta: todo el amor que una da le viene de vuelta”.

Logramos formar un grupo de voluntarios para esa actividad y llegó por fin el día 4 de marzo de 2017. Ahí estábamos, los diez, con nuestros equipos y muchas ganas, y ese nerviosismo de entrar en un sitio nuevo, desconocido, en el que no sabes lo que vas a encontrar…  Así que llegamos y nos pusimos a bailar: a eso íbamos.  Ellas, las reclusas, fueron entrando, probaban, se sentaban, volvían; ese día improvisamos pasos, dinámicas, montamos una divertidísima jam en la que todos y todas olvidamos donde estábamos.

Cuando nos pusimos en contacto con la dirección del centro nos dijeron que les había encantado la sesión y que nos esperaban de vuelta allí. Enseguida entramos a formar parte de su programación bienal.

Y así fue pasando el tiempo, el grupo creció, adquirió diversas formas y nuevos componentes. Como todo proyecto, nos lo fuimos tomando cada vez más en serio, y organizamos reuniones, evaluaciones, innovamos y enriquecemos la actividad. Vamos creando nuestra rutina penitenciaria. Crecemos despacito, y ya hay chicas en el centro a las que les encanta el swing, y bailan fenomenal.

De ellas no sabemos nada y tampoco nos importa su pasado, al igual que ellas tampoco tienen interés en nosotros. Cuando entramos en la actividad vivimos el aquí y ahora. Otra de mis sensaciones: a mí me gusta sentir los cuerpos cuando bailo con las mujeres; curtidos por la experiencia, frágiles, sinuosos, robustos, provocadores, que quieren jugar y divertirse.

¿Cómo en un lugar donde no se ve el horizonte se puede sentir la libertad?  Con la mejor herramienta del mundo: la música, y además si hablamos de swing, ya la serotonina sube  y nos hace vibrar. Y esto es realmente lo que podemos ofrecerles, un momento de desconexión conectadas a la música y el baile.

Los miembros del grupo nos quedamos con nuestro “Despacito”: ese momento en que dejamos de pinchar swing y damos un tiempo para el baile libre. Sí, “Despacito”, esa canción que te taladra la cabeza, pero que ahí dentro nos hace sentirnos a todos y a todas iguales, nos ayuda a borrar prejuicios, y hasta a olvidar dónde nos encontramos y que somos seres al ritmo de un compás y que, así, despacito, la música nos hace libres.

Otro apunte: siempre habrá un misterio y curiosidad con esta actividad ya que es cerrada y no podemos visibilizar lo que allí ocurre, porque lo que pasa en Meco se queda en Meco.

 

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