Por Zoila, bailarina y socia nº 407
Bailar en la calle se siente en todo el cuerpo: el aire, la luz, el suelo bajo los pies, el calor que va llegando mientras bailamos. Gente que pasa, que se para, que sonríe. Personas que se acercan por primera vez y descubren algo inesperado. Esa libertad y ese encuentro casual son lo que hace tan especial este tipo de baile.
Y justo por ese ambiente tan abierto, a veces se nos olvida algo muy básico: seguimos estando en un espacio compartido, al aire libre. La mayoría de las veces no pasa nada —y por suerte esa ha sido también mi experiencia durante muchos años—, pero de vez en cuando sí pasa. Me da pena enterarme de que alguien se ha llevado un disgusto por sus cosas. No porque haya hecho nada mal, simplemente porque este contexto tiene lo bonito… y también lo imprevisible.
La asociación pone atención en que el encuentro exista y el ambiente sea agradable, pero al bailar en la calle no hay vigilancia ni espacios de custodia. Por eso, lo que cada uno trae consigo sigue siendo responsabilidad de cada uno.
Con el tiempo he ido aprendiendo pequeños gestos que ayudan a estar más tranquilos: venir con lo justo, llevar encima lo importante y, si se deja un bolso, cerrarlo bien y apoyarlo hacia dentro, entre la ropa. Y también estar un poco pendientes entre todos de nuestras cosas. No es vigilar, es una forma sencilla de bailar más tranquilos.
Me encanta bailar así, libre y confiada, pero también consciente. Porque disfrutar de la calle también implica cuidarnos mientras estamos en ella.
Foto: @tatu.una.imagen
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