Por Itziar Yagüe (2017).-

La primera vez que escuché a Bessie Smith sentí que nunca había escuchado nada ni remotamente parecido. Por supuesto, en ese punto de mi vida ya había oído blues, el blues que alcanzó el mainstream a mediados de los 90: John Lee Hooker, B.B. King, Eric Clapton, y algo más tarde a Koko Taylor, Shemekia Copeland o a Susan Tedeschi. Pero no estaba familiarizada con sonidos tan puros, tan genuinos, tan fuera de lo común como los de las grabaciones de Bessie de los años 20. Las dos o tres primeras canciones que escuché cantadas por ella me hicieron desear intensamente haberla conocido. Pensé: “¿Qué clase de mujer canta así? ¿Cómo se puede sonar desesperada, y a la vez ingenua, y a la vez provocadora, y a la vez sofisticada, y a la vez un punto macarra, y a la vez nostálgica, y todo eso junto y muchísimo más? ¿Quién era esta tía?” Para quien quiera responderse a esa pregunta, existe la biografía de Chris Albertson, de 1971: “Bessie”. 

Bessie Smith es la figura más representativa del blues cantado por mujeres, pero no la primera. Sus predecesoras, Mamie Smith y Ma Rainey, abrieron el camino, auténticas estrellas en su época, pioneras de un subgénero con frecuencia ignorado: el del blues femenino,  repleto de matices, unas veces pícaro y otras abrumadoramente explícito y, casi siempre, muy aleccionador.

Bessie las superó en fama y en ingresos, pero murió joven y, a diferencia de las estrellas del rock, su horrible y prematura muerte no la convirtió en leyenda. Fue transgresora en su vida personal y artística: su estilo interpretativo cuenta también como transgresión, quizá la mayor de todas. Su forma de cantar ha influido en infinidad de cantantes posteriores: la citaban como referencia desde Billie Holiday hasta Peggy Lee (por nombrar dos intérpretes totalmente opuestas en estilo) y mucho más adelante, Janis Joplin o Betty Davis (otra mujer fascinante de la historia de la música, en este caso del funk, a la que reivindicaré en otro post).

Después de ella vinieron Memphis Minnie, Big Mama Thornton, Ruth Brown, Nina Simone o Etta James, herederas de una tradición de blues que permitía la libre expresión, la manifestación en voz alta (y vaya voces) de los deseos, anhelos, necesidades y vicisitudes de las mujeres de una manera que los géneros musicales masivos jamás han consentido.

Por eso Bessie suena a todas esas cosas que mencionaba antes. Suena a elegancia pero también a indecencia. Suena a inocencia y a perversión. Suena a euforia y también a miseria. Suena a todo lo que es la vida cuando no tienes nada, o cuando lo has tenido todo, porque ella, además de negra, era mujer. Y cantaba blues.

Resulta sorprendente que estas mujeres de hace más de cien años (negras, para más inri) cantaran letras que hablaban sobre su sexualidad, sus vicios, sus juergas, sus amantes o sus delitos. Historias contadas por ellas mismas con total naturalidad, con las que, además, se ganaban bastante bien la vida, por cierto. Sin embargo, en estos tiempos de mal entendida corrección política, la mujer está representada en los medios de comunicación de masas, el cine, la música o la publicidad solamente como madre o como niña o como objeto sexual sin identidad propia. El retroceso es evidente. Y desolador.

Sugiero que hoy, el Día Internacional de la Mujer, recordemos a estas mujeres escuchando esta impresionante recopilación de intérpretes femeninas de blues, confeccionada amorosa y minuciosamente por Jay Bee Rodríguez:

 

 

Tenemos mucho, mucho que aprender de ellas.

Publicado originalmente en 2017. Redifusión en 2020

 

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