Por José Gabás.–

Al poco tiempo de llevar bailando Lindy Hop sabes que te has sacado un nuevo pasaporte. Un visado de entrada en pistas donde antes eras un mero espectador, un cuervo posado en la rama de la barra de un bar. Posees autorización para pisar plazas y calles con la inocencia y el descaro con la que los niños saltan sobre los charcos mientras las madres les gritan impotentes. Dominas un idioma internacional, capaz de expresar emociones y estados de ánimo con más eficacia que el inútil esperanto o que los versos libres de los poetas modernos. Conoces contraseñas que abren la puerta de una congregación secreta e internacional, de una secta hilarante y constructiva.

Y cuando se trata de Madrid, el Lindy Hop se convierte en una excusa, otra más, para volver. Al lugar donde se quedaron tus amigos de la Universidad, los que llegaron de paso y terminaron abrazados a un amor de Huertas y Malasaña y a un futuro que les rehuía en tu ciudad provinciana.

Una excusa para cumplir tu palabra de visitarlos. Una excusa más. Que podría añadirse a tantas otras: la última exposición en el Reina Sofía, la manifestación para cambiar el mundo mientras los coches pitan a tu espalda en la Gran Vía, el concierto de esa estrella del rock, el examen de oposiciones en la Complutense, o resbalar por la añoranza que dejaron los vómitos de vuestra última juerga, tan lejana en el tiempo, pero cuyo regusto bilioso vuelve cada vez que caminas por la calle Atocha.

Así que esta vez sí, decides que vas a volver, con ese nuevo visado, y te apuntas al Madrid Lindy Exchange. Nada de clases. Solo fiestas y baile. Dejarás para el día cumplir con esas otras excusas que nunca fueron suficientes para hacerte volver, hasta ahora.

Son las mejores fechas del año, mitad de junio. Los estudiantes terminan sus exámenes, las rebajas todavía no han comenzado, ni el éxodo vacacional, y la ciudad entera palpita como un animal en celo. El sol se sienta en lo más alto, arde pero no quema. El azul del cielo de Madrid es más descarado e indescriptible que nunca: azul Madrid. Un azul que cualquier océano envidiaría.

A las once vas a encontrarte con Iker, Lydia y Natalie. Ellos también vienen de tu ciudad. Iker es masajista. Un tipo alto, delgado y con buena planta. La frente amplia y el pelo corto entre moreno y plateado, con alguna entrada. Una barba de tres días con manchas canosas le da un aspecto melancólico. Aun así no llegará a los cuarenta. Baila con elegancia y sin estridencias, con un bouncing apenas marcado, parando en los momentos justos y dejando hacer a las followers habilidosas.

Las fiestas del viernes y sábado por la noche tienen lugar en la discoteca Cha3, en la colonia de San Antonio de la Florida. Un barrio a orillas del Manzanares descolgado del Madrid de los Austrias, alejado del imaginario que tienes de esa capital de neones, bares tapizados de servilletas de papel, y bullicios comerciales. Has llegado antes de hora. Son las fiestas y el vecindario te recibe con un sonido de ferias, de autos de choque, petardos y perdigones de escopetas trucadas. Paseando te topas con la estatua de un señor rollizo y malhumorado sentado sobre un pedestal. Te resulta muy familiar. Lo has visto miles de veces: por tu ciudad, en la plaza, en el pueblo donde llegabas tantas veces exhausto con la bicicleta, en el mismo colegio donde estudiasteis separados por más de doscientos años. La estatua de Goya vigila desde lo alto su propia tumba. Él también paseaba igual que tú ahora por esas orillas y reflejó la vida de aquellas gentes en sus lienzos y tapices; unos selfies decimonónicos.

Una brisa transporta el olor a fritanga y churros y en la verbena el grupo toca una canción latina. Tú pareces un extraño allí, un carterista, un terrorista suicida.

Por fin aparecen los demás. Lydia te abraza con su sonrisa ansiosa de niño la noche de Reyes Magos. Apenas lleva un año bailando, pero ya habrá destrozado varios zapatos. Ha pasado de los cuarenta y tiene derecho a romper escaparates donde exhiben maniquíes de mujeres modernas atadas a las mismas cadenas de siempre. Ella, trabajadora a tiempo completo, separada con dos hijos, se ha hecho fuerte en su casita semiadosada de un barrio rural, con huerto en la parte trasera y mermeladas caseras. Maneja su agenda con la soltura de un jefe de gabinete de presidencia y encuentra huecos donde otros plantaríamos banderas blancas y nos hundiríamos en el abatimiento.

A Natalie apenas la conoces. Tiene una melena de miel y una nariz grande, la boca pequeña y la piel delicada. Su nombre evoca películas románticas francesas y escenas llenas de colores primarios.

En la puerta de la Cha3 se van encontrando grupitos. Se saludan con efusión y se disparan los primeros flashes. Ojalá todos los fusilamientos fueran así. Reconoces familiaridad en los vestidos de ellas, los estampados, y las faldas al vuelo.

Os reciben los voluntarios de la organización, MAD for Swing (Locos -o madrileños, o ambas cosas- por el swing).

La chica que te atiende se mueve nerviosa. Está pendiente de sus compañeros de al lado, da una orden a uno, responde a otro. Apenas te mira cuando pregunta tu nombre, pero de repente un click enciende su mirada.

-¿Eres de Zaragoza? ¿Cuántos habéis venido? -sus ojos negros y pequeños se mueven inquietos.

-De momento yo y tres más que vienen aquí detrás.

-¡Estupendo! Yo también soy de Zaragoza, pero vivo en Madrid -podría ser una disculpa-. Me llamo Vic. -Tiene una nariz picassiana y el pelo de zanahoria. Te planta un par de besos en las mejillas.

-¿Estás estudiando aquí?

-¡Qué va! Trabajo desde hace años pero muchos fines de semana viajo a Zaragoza. Conozco a la gente de Swing On, a Jesús, a Ricardo, Irene…

Tú apenas los conoces. Algunas asociaciones establecen lazos colaborativos entre ellas, una red de ayudas y complicidades mutuas. Antenas del baile aquí y allá que se construyen desde lo colectivo.

Una pila de camisetas negras reposan sobre el mostrador. Tienen dibujadas unas líneas suaves en azul y amarillo que la recorren de lado a lado.

-¿Quieres una camiseta del Exchange?

Tú no lo sabes en ese momento pero esos trazos describen los movimientos de leader y follower en un paso básico del Lindy. Te dices que por qué no, que tal vez será un recuerdo mucho mejor que tanta fotografía pixelada que terminará en basura digital en tu móvil. Con una camiseta, MAD for Swing quedará serigrafiado a tu piel cuando sudes en cualquier parte del mundo.

Unas breves escaleras conducen a una pista amplia, no demasiado iluminada, con un suelo de madera oscura por donde transitan ya los primeros bailarines. Banderines triangulares de colores atan las columnas en un abrazo y decoran las paredes.

Los primeros en aparecer son los Spirits Jazz Band, que lucen pajaritas anudadas a camisas blancas debajo de chalecos oscuros. Son cinco tipos maduritos al más puro estilo Nueva Orleans, trompeta negra incluida, lo que siempre le da más credibilidad. Hasta hace poco tú confundías el banjo con el ukelele. No, el banjo es esa especie de sartén al revés que evoca calentadores antiguos de colchones.

Ni tú ni nadie sabéis que el saxo tenor, un tipo de aspecto afable a lo Bill Murray ha tenido un accidente y, aun con un esguince y toda la pierna magullada, tiene pundonor para permanecer de pie en el escenario con la misma dignidad que si formara parte de la orquesta del Titanic.

Para entonces, tú apenas has bailado. Te sientes pequeño ante tanta gente desconocida y especialmente habilidosa en la pista. No es lo mismo las risas conocidas con followers de confianza que la responsabilidad de sorprender a alguien mucho más avezado que tú.

Iker y Lydia se han zambullido en el lago de la pista, nadando entre sardinas de colores con flores en el pelo, y delfines con pajaritas.

¡Oooh! ¡Una cara conocida! No recuerdas su nombre pero sí su cara. Bailaste con ella en tu primer festival. Incluso compartisteis mesa en la cena antes de la fiesta. Es verdad, el mundo es un pañuelo. Madrid es un pañuelo. Recuerdas que te dijo que vivía en Madrid. Por eso la encuentras aquí ahora. Aprendes que nadie habita solo en el planeta del Lindy y menos en Madrid. Madrid acoge y el lindy acoge. Puedes decir que te sientes doblemente arropado por un edredón de dos capas y mientras bailas con ella sientes el calor de las bienvenidas cordiales, ese calor que reconforta y protege de todo lo que queda fuera, el contrato temporal, las prisas por llegar, la obligación de pisar fuerte y el deshielo del ártico.

Es la una y media de la mañana. La música ha parado y la gente hace hueco en el centro. Por la megafonía alguien presenta en inglés la inminencia de un espectáculo. Como los platos de un banquete nupcial los profesores de las distintas escuelas de Swing de Madrid ofrecen sus elaboraciones más sabrosas, con más picante unas, más salsa otras, con su azúcar glass, sus perejiles y sus guindas.

El siguiente grupo que salta a escena es La Lola Dixieland. Podrían ser perfectamente los hijos de los Spirits. Han dejado las pajaritas y los tirantes de lado y tan solo respetan el blanco de las camisas. Poseen el descaro de los gatos callejeros y demuestran que el swing es prolífico como los gitanos, y está llamado a ser una raza universal. La cantante posee una voz contestataria y hay un tipo al que se le sale el alma por una tuba.

A estas alturas de la noche ya has perdido el miedo escénico. Estás bailando por segunda vez con Natalie y desearías saber algo de Balboa, no sabes si porque este ritmo es demasiado rápido para ti o porque te reconforta su contacto.

Decides retirarte y ceder en esta batalla de bandas, seguro de tu estrategia de tahúr, sabedor de que al día siguiente te esperan nuevas partidas donde jugarás tus mejores bazas.

Es difícil dormir y desconectar después de bailar.

Como en los ordenadores tu cuerpo hace preguntas de seguridad antes de apagarte:¿está seguro que desea salir?¿desea guardar los cambios antes de salir de la aplicación? Le dices a todo que sí, pero tú no eres una computadora.

Primera entrega de la serie de tres: Crónica del Madrid Lindy Exchange.

Segunda entrega:
Terneras y la invasión francesa. Crónica del Madrid Lindy Exchange 2016. Día 2

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